Corre, frenéticamente. Su respiración agitadísima y el constante palpitar cerca de su oído no son suficientes para aminorar la marcha. Sigue corriendo, tiene que escapar. DEBE hacerlo. Pero ni aunque intente, con todas sus fuerzas hacerlo, no lo logra. Sin embargo ella sigue corriendo, con esos pensamientos que atolondran su cabeza, los recuerdos, los malditos recuerdos, la horrenda verdad, la angustiante soledad.
¿y qué diantres la hace correr de ese modo?
Quién sabe, y probablemente, ella tampoco nunca lo sabrá. Pero hay algo que sí tiene: una vaga noción de lo que puede ser.
La quiere, y cuando lo dice, lo dice con justa razón. Y es por lo mismo que quizás corre. Ahora es cuando puede lograr causar el menor daño posible. Se conoce, sabe lo que ha hecho, sabe lo que puede llegar a hacer. Por eso ahora es cuando debe alejarse de ella, intentar que ella siga con su vida y que ojalá, no note su ausencia. Ojalá tuviera las fuerzas para seguir corriendo, pero sabe que lo conseguirá.
Cuando ya no puede más, comienza a trotar, siente su corazón desbocado en todo su esplendor, y lentamente comienza a resignarse. Pobre muchacha, a pesar de lo que la quiere, no podrá evitar el inminente desastre.
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