Las cosas son más simples. Cuando miras por la ventana no encuentras el sol (al menos así es ahora con el famoso horario de invierno de por medio) y la temperatura esta igual a la de la noche anterior, pero pareciese que es menos fría (o tu cuerpo simplemente ya se acostumbró a la ausencia de calor). Uno que otro pájaro se va en la volá y entona sutiles melodías solo para algunos espectadores: son pocos los que gozamos con el privilegio de estar despiertos a las 6 am. En un primer conteo está el perro del frente, un automovilista que acaba de pasar por la avenida principal, mi hermano que recién acaba de ir a dejar a su polola y la Martina que emergió de las profundidades de mi cama para instalarse a mi lado, depositando su cabeza en mi pierna. No se escucha nada más que el suave sonido mecánico del disco duro. ¿No es esta acaso la mejor hora para pensar? No tienes distracciones ni demoras, simplemente eres vos y tus ideas. (La Martina ya no se encuentra entre los dichosos que estamos despiertos, acabo de escuchar un ronquido). Durante estos instantes de regocijo repaso todos mis conceptos, momentos y tormentos, y con sorpresa descubro que mis tormentos acaparan un merecido primer lugar en la lista por cantidad. La mayoría de mi vida en la actualidad la he transformado en nada más que lo que debería hacer un inexistente Karma, haciendo lo que corresponde: la gente que ha hecho daño en el pasado, en el presente ha de sufrir. Con este precepto de por medio he dejado que las circunstancias se apoderen de la vehemencia de mi carácter, he dejado que mi voluntad desaparezca con el primer sorbo de cualquier tipo de destilado o fermentado. De mi esperanza, mejor ni hablar. Esa creo que la perdí hace algunas semanas y no he vuelto a contactarme con ella, ahora esta quizás donde y no tengo el derecho de reprenderla: si yo hubiera estado en su lugar probablemente habría escapado meses atrás. La cordura… bueno, nunca en toda mi vida me he jactado de poseerla, pero por estos días pareciera ser que todo adquiere un tinte insano, con cada pensamiento, proyecto y hecho dejo entrever la peligrosidad de mi mente y de mis planes, y con esto de antecedente, prefiero dejar que otros menos locos que yo tomen el control del mundo, de mi vida y de mi alma. Porque no hay nada más patético que ver luchar a un loco por el control de su existencia. No hay nada más imposible de lograr… simplemente para ese loco ya no hay nada. Cuando las personas pierden el control de sus vidas se vuelven sin pensarlo en un maniquí de esta sociedad, que les dictamina incluso el tipo de ropa que deben usar para no desentonar entre las miles de personas “cuerdas” que pululan por el mundo dejando parámetros y varas que superar, dejando estilos de vida que imitar. Ahora, desde mi locura, tengo el tiempo y la autorización para alejarme del mundo y ahora, es cuando puedo verlo todo más claro. Siempre fui lo que el mundo quiso, siempre fui lo que me dictaminó sin siquiera cuestionarlo. Desde hace algún tiempo vengo acariciando la idea del escape, pretendo salir de aquí y adentrarme al bosque, solamente tengo que preocuparme de la fuga, porque el resto me lo otorgará el medio. Tengo que ser muy cauta con los preparativos, tengo que cerciorarme de que ningún cuerdo sea capaz de seguirme y sacarme de mi paradisíaca realidad. De seguro, escaparé por la madrugada, puesto que solo hay un par de testigos: el perro del frente, uno que otro automovilista que transita por la avenida principal; mi hermano ahora de seguro está durmiendo así que por él no me preocuparé. Solo queda el escollo de la Martina…, aunque pensándolo bien, esa está tan loca como yo, con cada ladrido que da deja entrever que le da lo mismo que le ordenen hacer todo: cuando comer, cuando ir al baño, cuando dormir y cuando jugar, por que hay algo que no pueden controlar y no se han dado cuenta, pueden controlar todo menos la decisión de a quién entregarle afecto, esa sigue siendo una decisión de un loco.Creo que la llevaré conmigo. Rayos, si he de triunfar deberé apresurarme, ya son las 6.46 am y la ciudad ya pronto despertará y nos será más difícil nuestro objetivo con cada minuto que pase. Vamos Martina, apúrate. No, Martina…deja ese peluche aquí, es muy grande para el viaje que estamos a punto de emprender…está bien, llévalo, no te preocupes, yo ya guardé mi llavero que tanto te gusta. ¿Puedes revisar si se te queda algo por favor? Yo por mientras revisaré mi equipaje, unas cuantas cartas: con muchos colores y unas cuantas palabras que prometían una eterna felicidad, que en la lejanía de seguro me servirán como recuerdo de lo que pudo haber sido mi vida, mi guitarra acústica, cuadernos y lápices para escribir si siento en medio de los árboles el llamado de la selva, lo que queda de mi energía y el anhelo por dejar todo esto atrás y simplemente morir en paz. ¿Listas? ¡Pues en marcha!
En silencio dejamos nuestra casa (porque de hogar, creo que nunca tuvo algo, ni siquiera el típico cuadro) y avanzamos apegadas a la pared. En penumbras esperamos que no venga ningún automovilista por la avenida principal y después de una breve espera cruzamos la calle y seguimos nuestro andar. Los pasos ahora se hacen en silencio, sabemos lo que dejamos atrás (personas, proyectos y desdichas) y sabemos lo que encontraremos (soledad, una vida sin sobresaltos ni asperezas). Caminamos casi siempre entre las sombras: hay que evitar a toda costa la mirada de cualquier loco que a esta hora esté apreciando la belleza de la madrugada. Después de horas de recorrido hemos llegado a nuestro destino: Ya puedo ver desde aquí el umbral del bosque y el abrigo de sus ramas. Nos miramos una vez más con la Martina y sin mirar atrás, nos adentramos en nuestro futuro. Ya nadie nos mirará raro por estar despiertas toda la noche y apreciar en silencio lo sublime de la madrugada, ni nadie nos criticará por querer llevar el control de nuestras vidas. Lástima que no hayas querido acompañarnos. Cada noche lamentaré que no estés aquí conmigo. ¿Sabes? Cuando te conocí creí que estabas loca, cuando te acercaste y de improviso robaste mi corazón lo comprobé. Con el paso del tiempo me di cuenta que inevitablemente el mundo hacía mella en tu libertino espíritu y que aunque no te gustaba, siempre terminabas adaptándote a la sociedad. Cuando todo llegó a su fin, con decepción vi como que de la loca de la que me enamoré ya no quedaba ni huella, en tu endurecido rostro ya no encontraba el brillo de antaño ni la mirada insana con ansias de libertad. Aunque, debo confesar que a pesar que de todo eso, con todas estas cosas que parecen estar en contra, igual me encantaría que estuvieras aquí y que de a poco te perdieras de nuevo en mi locura. Antes de venir pensé en aquello y dejé una nota en tu puerta que decía:
En silencio dejamos nuestra casa (porque de hogar, creo que nunca tuvo algo, ni siquiera el típico cuadro) y avanzamos apegadas a la pared. En penumbras esperamos que no venga ningún automovilista por la avenida principal y después de una breve espera cruzamos la calle y seguimos nuestro andar. Los pasos ahora se hacen en silencio, sabemos lo que dejamos atrás (personas, proyectos y desdichas) y sabemos lo que encontraremos (soledad, una vida sin sobresaltos ni asperezas). Caminamos casi siempre entre las sombras: hay que evitar a toda costa la mirada de cualquier loco que a esta hora esté apreciando la belleza de la madrugada. Después de horas de recorrido hemos llegado a nuestro destino: Ya puedo ver desde aquí el umbral del bosque y el abrigo de sus ramas. Nos miramos una vez más con la Martina y sin mirar atrás, nos adentramos en nuestro futuro. Ya nadie nos mirará raro por estar despiertas toda la noche y apreciar en silencio lo sublime de la madrugada, ni nadie nos criticará por querer llevar el control de nuestras vidas. Lástima que no hayas querido acompañarnos. Cada noche lamentaré que no estés aquí conmigo. ¿Sabes? Cuando te conocí creí que estabas loca, cuando te acercaste y de improviso robaste mi corazón lo comprobé. Con el paso del tiempo me di cuenta que inevitablemente el mundo hacía mella en tu libertino espíritu y que aunque no te gustaba, siempre terminabas adaptándote a la sociedad. Cuando todo llegó a su fin, con decepción vi como que de la loca de la que me enamoré ya no quedaba ni huella, en tu endurecido rostro ya no encontraba el brillo de antaño ni la mirada insana con ansias de libertad. Aunque, debo confesar que a pesar que de todo eso, con todas estas cosas que parecen estar en contra, igual me encantaría que estuvieras aquí y que de a poco te perdieras de nuevo en mi locura. Antes de venir pensé en aquello y dejé una nota en tu puerta que decía:
La vida me enseñó a no pelear batallas inútiles, pero una loca deSé que nunca acusaré recibo de respuesta, pero sé que si lo entendiste, un día, tal como yo, cruzarás ese umbral y nos reencontraremos una vez más. Ni imaginas lo bella que es la madrugada entre los árboles.
mirada temeraria me enseño a dudar de eso. Si me quieres encontrar, sabrás donde buscar.